lunes, 5 de febrero de 2018

Confluencia II

(14/09/2015)

Nada, nadando en el oceáno; queda en tierra todo lo que alguna vez fue mío, y ahora cuanto puedo decir que me pertenece es en realidad compartido. Nuestro solo es el mar, en manos de todes les que confluímos. Continuamente lo escucho susurrar, con el viento conversar en cantarines remolinos. ¿De qué hablarán ellos que han visto el rostro de todes les que vivimos? Como niñe asustade de los gritos, yo me tapo los oídos, pues no quiero entender nunca lo que los dioses digan del destino.

domingo, 28 de enero de 2018

Diálogos bajo el techo

Me parecía tan natural querer huír. Tal como lo era volar para los pajaritos, o para el polen marchar sobre la corriente a sembrar más tierra. Tierra más allá de mí, de la que está doblando el horizonte, de la que solo he visto en sueños, muy a medias. Cuando veía a los perros correr tras de los coches, pensaba, tal vez eso es envidia. Como la que yo tengo cuando los quiero imitar aullando en el balcón. Sin vergüenza, porque quiero que me oigan. Quiero que lo sepan: que poco de esto es para mí, que yo soy como los ratones que tocan la tierra con sus manitas de humano; me está saliendo pelo y no voy a disimularlo. Yo soy de su manada y de su jauría; yo soy de la bandada de pájaros que va donde el frío no se cierna sobre sí. Acostada sobre mi espalda en la lanuda alfombra de una por lo más vacía habitación, me paso los minutos largos como años pensando, ¿por qué nadie más dice que se quiere ir? Me quiero ir. Es un sentimiento tan inocuo y afable, tan blanco y tierno como el brote de una fresaria. Nunca se me hubiera ocurrido que era algo a ahuyentar y reprimir. Nunca hasta que le dije a mi madre, como quien dice que quiere ensaladilla para cenar, mamá, te cuento un secreto: me quiero ir. Ella instantáneamente se puso a llorar, y me sentí como si hubiese dejado caer con toda deliberación una pieza de cristal al suelo.
 -¿Por qué te quieres ir? ¿No eres feliz aquí?
-Sí lo soy.
-Entonces, ¿por qué?
-No sé. –dije recién confusa, habiendo asumido hasta ese momento que todes compartían ese deseo conmigo, solo que por algún motivo que todavía no aprendía, no podían decirlo. Sabía que tenía que avergonzarme, pero ello no surgía en mí por sí solo, porque ninguna sección de mi ser comprendía el por qué. Una verdad equivocada; a veces, de eso se trata crecer: descubrir que lo que pensabas indudable es acusadamente acusado. ¿Y cómo no voy a querer moverme como todas las demás criaturas animadas, cómo no voy a querer recorrer la línea del monte como los caballos? 

El mundo; no el mundo entero, sino el mundo hermético dentro del cual yo nací, está construído de tal manera que nadie puede huír. Nadie puede negarse a permanecer, o negarse a sí misme sería. Humana eres, como tu madre, como tu padre, como la maestra que te enseña las humanas matemáticas, las humanas lenguas, la humana gimnasia. Y has de ponerte toda esta humana ropa, ¿cuál te gusta más? Y has de hacer lo que hacen les demás. Profunda envidia yo tomé por todo lo que se llamó animal. Profundísimo anhelo de escapar, sin decir nada, sin dejarme amar. Pero nunca lo hice. Me erguí sobre dos patas, y tan solo miré. Ahora todo es mirar.

viernes, 26 de enero de 2018

La dama de la montaña

La dama de la montaña
está en su cabaña esperando por mí.
¿Qué me querrá mostrar? ¿Qué me querrá decir?

Las noches son demasiado frías,
los días son demasiado ardientes,
la primavera llega por fin.

La dama de la montaña
espera como una flor más a salir.

Sabe que yo soy
como una raíz
aguardando largamente al calor para surgir.

La dama está deseando
darse como un palito al que me pueda asir
tan pronto yo brote,
la dama me quiere asistir.

Ella señala a las estrellas, y me dice
¡hete aquí!
¡heme aquí!
Tú eres la Copa
y yo soy la Virgen que va a volcar zumo en ti.

Yo observo
que soy la Copa sobre la Hidra
y que esta me quiere llevar con sí.

Ella lo observó desde el principio de los tiempos
y vino a por mí.

La dama de la montaña quiere salvar al mundo
pero sabe que sola no lo puede conseguir.
Me vio y vio tantas cosas
desde mi origen hasta mi extinguir.

La dama tiene al cielo entero en sus ojos.
Más cielo del que puedo contemplar desde aquí.
En su mirada están la Virgen y la Copa,
y la Hidra,
y la Ballena, y el Águila, y el Delfín.

Si me mira durante un largo rato,
siento que dejo de existir.

martes, 23 de enero de 2018

Deseo terrenal XIII

(01/06/2015)

Cada día me levanto con tantas oportunidades como cintas de las que tirar para desenvolver un regalo.

Cada mañana me acuesto con tanto arrepentimiento.

Y es que aún habiendo aflojado algunos de esos nudos, me quedan tantos otros atrás cada noche enredándose en mis pies quietos. Apretándome hasta que los pinta mi sangre, implorándome que les haga caso hasta que ya no quiero verlos.

Entonces pienso en el tiempo, y me doy cuenta de que la base de mi angustia es solo una ilusión, un grandísimo miedo del que no escapo. La belleza, el amor o la justicia dan a cada hora algo de sentido, pero éstas siguen estando tan incompletas. Me chirría tanto el espacio entre segundo y segundo.

El grifo del universo está abierto a pleno chorro, pero yo solo alcanzo a juntar dos o tres gotas en mi vaso que apenas me mojan los labios, mientras que la sed de mi espíritu es tan grande, y este cuerpo se seca; y este calor lo acelera, y este sol me deja ciega.

Calor II

Cuando necesito ver belleza,
cuando estoy enfriada,
mojo la sola punta de mi dedo y
pongo una gotita de agua
sobre la pantalla del móvil.

La misma se vuelve un ópalo a la luz sentada
y yo me quedo mirándola
hasta que es evaporada entre yo y el calor de su cama.

Para conciliar el sueño
salgo a la ventana
y busco ver algo bello entre la pesada poalla.
Cómo se vuelven ámbares a la luz de la farola
las piedrecitas del asfalto mojadas.

Cómo se recorta en la ropa de cama
la proyección azulada del televisor sin voz.
Ver las luces de la ciudad sin gafas
para hacer un bokeh.

Vuelvo a la conversación que terminó hace horas y leo
la mejor palabra
y la vuelvo a leer.